Lo mejor que puedes darles a tus hijos no es un resumen de lo más destacado, sino la verdad. Cuando les muestras tu verdadero yo — las inseguridades, los errores, las dudas, las cicatrices — creas un espacio para su vulnerabilidad. Les estás diciendo, sin una lección, que es seguro ser humano aquí. Lo que importa es dejar que vean las imperfecciones. El miedo. Los contratiempos. Los momentos en los que no sabías qué demonios estabas haciendo y tuviste que resolverlo de todos modos. Cuanto más real seas con tus hijos, más libres se volverán para vivir su propio destino — no el tuyo, no tu mitología, no tu ego. La autenticidad se multiplica. También lo hace la confianza.